La Otra Voz de Benavente y Los Valles

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jueves, mayo 14, 2009

Más vale volando

AQUEL INVIERNO DE 1909. LAS INUNDACIONES DE LOS VALLES DE BENAVENTE

Por Rafael González Rodríguez

Las peculiares características orográficas de la comarca de Benavente, junto con la confluencia en el entorno de los principales ríos de la región -Órbigo, Esla, Tera, Cea y sus respectivos afluentes- han hecho de esta encrucijada de caminos un factor destacado para explicar el poblamiento antiguo del territorio y su intenso aprovechamiento agrario. Las fértiles vegas de los Valles han constituido el principal motor de una economía basada desde las épocas más remotas en el sector agropecuario.
Pero aquello que concede riqueza también puede, en un momento dado, quitarla. Una topografía extremadamente llana y la escasa, o nula, regulación de sus cuencas, favorecieron históricamente la presencia de inundaciones que, como auténticas plagas bíblicas, han venido castigando a sus pobladores, a veces, con serio peligro para vidas y haciendas.

Como se sabe, es la irregular distribución de las precipitaciones, tanto en el espacio como en el tiempo, la principal causa de las variaciones del régimen de los caudales. En los climas mediterráneos periódicamente los ríos sobrepasan su cauce ordinario y producen la inmersión de las zonas cercanas al cauce. En los Valles de Benavente, esta problemática ha tenido una incidencia contundente y cíclica, como queda reflejado en la documentación de archivo. Pero la crecida de los últimos días de diciembre de 1909 fue especial, y por ello ha quedado sellada en la memoria colectiva de estos pueblos como una de las más devastadoras.
La edición del lunes 27 de diciembre de 1909 del Heraldo de Zamora daba a conocer la noticia a cuatro columnas y con gran aparato tipográfico: “Desbordamiento de los ríos. Pueblos y campos arrasados por las aguas”. Ya en el cuerpo de la noticia se daba cuenta de los pormenores de la catástrofe, cuyo contenido se resume a continuación a partir de la edición de este día y de los ejemplares de las semanas siguientes.
El día 21 de diciembre, sobre las cinco de la tarde comenzó una lluvia torrencial, acompañada de fortísimo viento, de forma que el coche correo, que desde Puebla de Sanabria hacía la ruta hacia Benavente, tuvo que suspender la salida. Al día siguiente, al llegar el corresponsal del periódico a Colinas de Trasmonte procedente de la Puebla, el cuadro que se ofrecía a su vista daba a entender que las inundaciones en aquella parte tenían la máxima gravedad. La carretera había sido preciso cortarla en varios tramos a fin de evitar la inundación del pueblo. Los vecinos de Santa Cristina de la Polvorosa se habían presentado en caravana huyendo del desastre, mientras las campanas de la iglesia no paraban de tocar. Muchos de ellos habían pasado la noche entera en el monte de la Cervilla.

El día 23 pudo, por fin, el coche correo continuar hacia Santa Cristina, pues el río había mermado su caudal. Las aguas inundaban todo el llano hasta dar vista a Benavente. El puente había desaparecido, todas las huertas estaban inundadas y el pueblo era un montón de ruinas. La línea telegráfica estaba cortada en varios puntos por la caída de los postes. La Guardia Civil de los puestos hasta Mombuey brillaba por su ausencia, pues en Colinas y Santa Cristina no había ninguna pareja, ninguna autoridad que organizase salvamentos, que repartiera trabajos o facilitara el paso del coche correo.

En la mañana del día 25 se organizó desde Benavente una expedición de autoridades para visitar la zona afectada. Previamente, un tren procedente de Zamora con personalidades de la capital fue recibido por las fuerzas vivas en la Estación de Benavente y en la fábrica de harinas La Sorribas, propiedad de Felipe González. Entre los expedicionarios estaba lo más granado de las élites locales y provinciales de la Restauración: el gobernador civil, Santos Arias de Miranda; el alcalde de Benavente, Augusto Alonso; los ingenieros Agustín Ruiz y Antonio Velao, Leopoldo Tordesillas, Ventura Madrigal, Felipe González, Cecilio Chacón y Antonio Cordero, sobrestantes; Avencio Guerra, Argimiro Gutiérrez, Luis Morán, Julio Ayuso y Carlos Calamita por el Heraldo de Zamora.


La comitiva, no sin dificultades, alcanzó Santa Cristina de la Polvorosa, ocupada ya por multitud de habitantes de los pueblos limítrofes. Vecinos de Manganeses y Colinas, principalmente, prestaban auxilio a los damnificados. La mayoría de las casas se habían convertido en escombros, y sus moradores permanecían junto a ellas en busca de sus enseres. Muchas cabezas de ganado yacían muertas en sus establos, mientas que al resto se las había llevado el río. La única vivienda que no parecía haber sufrido los efectos de la inundación era la de José Pernía, alcalde del pueblo. Don Leopoldo Tordesillas ofreció cobijar en fincas de su propiedad a una parte de los afectados, acordándose recoger a los restantes en el desamortizado convento de Santo Domingo de Benavente.


El gobernador provincial, Arias de Miranda, después de un reconocimiento del terreno, leyó a los presentes varios telegramas del ministro de la Gobernación en los que se manifestaba el propósito del Gobierno de "subvenir a las necesidades de los damnificados con socorros que aminoren la magnitud de la catástrofe".


Según relataba el maestro del pueblo, sobre las once de la noche del día 22 el río Órbigo comenzó a desbordarse un kilómetro más abajo de Manganeses de la Polvorosa. La manga que originó vino sobre Santa Cristina sorprendiendo al vecindario. Una parte huyó hacia el puente sobre el río, mientras que otros se acogieron en la dehesa de la Casa de la Patilla, La Cervilla. La superficie de las aguas alcanzó muchos kilómetros a la redonda, y éstas siguieron subiendo durante el día 23 hasta alcanzar un nivel de cuatro metros y veinte centímetros, según la escala que había en los pilares del puente. La avalancha atravesó el pueblo a una altura de dos metros y medio. Milagrosamente no se contabilizaron víctimas.

En febrero de 1910 se anunciaba que 200 familias se disponían a ir a Madrid en busca de asilo benéfico y gestionar, mientras tanto, su marcha para América. Una comisión del Ayuntamiento de Santa Cristina visitó en marzo al gobernador provincial para pedirle “carta de socorro para trasladarse a Madrid e implorar la caridad pública para ellos y demás vecinos que han quedado sin albergue ni hacienda”.
El Gobierno Civil repartió en los meses siguientes 57.000 pts. entre los damnificados por las inundaciones de Benavente. De estas, 20.000 pts. correspondieron a Santa Cristina y 10.000 a Abraveses, como pueblos más afectados. Verdenosa, Redelga y Vecilla recibieron 8.500; 5.000 Fresno; 5.000 Santa Croya; 5.000 Villanueva de Azoague; 1.500 Benavente y 500 pts. Manganeses de la Polvorosa y Milles, respectivamente.


La noticia trascendió el ámbito local y provincial, y fue objeto de particular atención en los medios de comunicación nacionales. La edición de La Vanguardia del viernes, 31 de diciembre de 1909 se hacía eco de los acontecimientos: “En Abraveses (Zamora) el temporal destruyó 135 edificios, obligando a los vecinos a buscar albergue en los pueblos inmediatos. El gobernador ha propuesto al gobierno que se otorgue una recompensa al sargento de la Guardia Civil José Martín Rubio y a la fuerza a sus órdenes, por haber salvado la vida a muchos vecinos de Villanueva y Santa Cristina, con riesgo de la suya. Se elogió la conducta de muchos guardas de campo, por la parte tomada en el salvamento. Se ha acordado que se constituya en Zamora una Junta Provincial, presidida por el gobernador, para proceder al reparto de las cantidades giradas por el gobierno”.

Las inundaciones afectaron en aquellas fechas a buena parte de los afluentes del Duero, como destacaba otra publicación nacional: “Las persistentes lluvias que desde Noviembre último han venido descargando sobre la Península han tenido su desenlace natural: la inundación. La región más castigada ha sido esta vez Castilla la Vieja; el Duero y muchos de sus afluentes de ambas márgenes han tenido extraordinarias crecidas que han causado inmensos daños, especialmente en Zamora, Salamanca y Valladolid, donde han destruido puentes y edificios, entre ellos numerosos molinos harineros, y anegado los campos. En Salamanca las casas destruidas pasan de cuarenta. En Ciudad Rodrigo quedó completamente anegado el barrio del Arrabal del Puente que tuvo que ser desalojado, y la corriente se llevó centenares de cabezas de ganado. Las casas destruidas fueron allí más de cincuenta, pero otras muchas quedaron inhabitables, resultando trescientas familias sin albergue. El próximo puente de Ciega Verde, inaugurado hacía pocos días, fue completamente destruido. En Valladolid el Pisuerga creció nueve metros”.

Imágenes: 1., 2. y 3. Imágenes de Santa Cristina de la Polvorosa después de la inundación de diciembre de 1909 y 4. El río Tormes desbordado en el barrio del Zurguén de Salamanca [1909].


Véase también el Blog del autor Más Vale Volando

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